Fue sólo un momento… quizás apenas unos minutos, pero resultó inolvidable.
Durante nuestra visita a Belianska Jaskyna , una de las cuevas más grandes de toda Eslovaquia, vivimos, creo que uno de los momentos más especiales en nuestra visita a los Tatras.
Nada más entrar, íbamos empequeñeciendo, como Alicia en el País de las Maravillas, y bautizando con nuestra imaginación cada forma caprichosa esculpida por el tiempo en la roca.
De repente, al entrar en una sala, el espectáculo fue aún más maravilloso, mágico. Era una sala tan alta que los ojos, alzándose, se perdían en la oscuridad y apenas podían ver el final. Estaba iluminada con luces artificiales, estratégicamente situadas en las rocas, de modo que las sombras que proyectaban eran increíbles, nunca vistas.
Y desafiando aún más a nuestra imaginación, en el medio de la sala se abría un pequeño lago, apenas sólo una lengua de agua surcada por pequeñas estalagmitas que con la sombra parecían arriesgados marineros de ultratumba. Los guías nos pidieron silencio y poco a poco, empezamos a escuchar un sonido creciente, al principio nada más que un susurro y luego fue tomando la forma de una canción. Era la voz de hada de Enya acompañada por unos coros. Las notas rebotaban por toda la sala y el sonido parecía impactar con la tranquila agua del lago. La unión del sonido con las luces y las sombras hacía que éstas danzaran al compás suave de las notas, casi chapoteando en el agua. El espectáculo era mágico, hipnotizante y el sonido parecía nacido desde el mismo corazón de la cueva. Nos hacía olvidarnos de todo lo que quedaba fuera y sentirnos cada vez más pequeños entre la inmensidad del sonido.

Autor: dani
Fecha: 02/11/2005 09:27.
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