Al contrario que a muchas niñas, de pequeña no me gustaban los disfraces de princesa. ¿Sería sólo por llevar la contraria? ¿O quizás porque encontraba mucho más divertido el de Peter Pan? El caso es que yo nunca, nunca me he vestido de princesa, encorsetada en alguno de esos vestidos ampulosos que no dejan respirar, estilo Escarlata O´Hara. Y eso es, precisamente, lo que me ha faltado para terminar de sacar el jugo a Viena, ni más ni menos que el vestuario. Como una princesa me sentiría anclada en el tiempo de Sisi, tarareando la serenata de Mozart.
Esta es la ciudad monumental, la ciudad colosal de los palacios, donde cada centímetro de tierra y cielo huelen a historia. Huelen a historia, pero también a gloria, la gloria de un viejo imperio que aún eleva su voz desde la majestuosidad de los palacios. Y es que, escuchando con atención, en estas inmensas moles labradas con arte, aún se imaginan los ecos de risas de damas refinadas y galantes caballeros, acompañadas con música, siempre con música clásica.
Pero también es una ciudad moderna con edificios originales e insólitos que no se pueden describir con palabras. Parece que compitieran en un concurso eterno por dejar al visitante con la boca abierta.
Lo que más me gustó fue el palacio de Schönbrunn, residencia de verano de los emperadores. Dentro del palacio estuve a punto de marcarme un vals con Dani en una inmensa sala de baile. Pero qué pena, mi sueño se terminó pronto: no tenía vestido adecuado… y la vigilante nos metía prisa porque iban a cerrar.

Galería principal del Palacio de Schönbrunn
También probé la tarta Sacher, una famosa tarta hecha toda de chocolate, que a mí me pareció empalagosa. Menos mal que la servían en el plato con un poco de nata, que amortiguaba la explosión dulce del chocolate.
Hum, pensándolo bien, quizá por eso nunca me he vestido de princesa, porque el disfraz me parece demasiado dulce y empalagoso. En fin, veremos qué tal me veo vestida de novia. ;-)

Tarta Sacher