
La memoria no es infalible, está claro. Muchas veces, cuando recordamos, hay detalles y acontecimientos que inevitablemente quedan siempre en el tintero. Así que mis recuerdos del viaje a Trstená salen así, como estrujados, pero espero que anime lo suficiente como para visitar esta encantadora ciudad eslovaca.
Trstená es una pequeña ciudad situada al norte de Eslovaquia, en la zona de Orava, a solo unos pocos kilómetros de Polonia. A los españoles nos cuesta especialmente pronunciar su nombre bien. Allí teníamos tres compañeras profesoras a las que debíamos una visita, así que salimos en tren de Košice con la mochila cargada de ganas de pasarlo bien. Tuvimos que hacer un trasbordo en un pueblo a mitad de camino, para montarnos después en otro que nos llevaría a nuestro destino. Recuerdo aquel tren de madera como recién salido de una película. De camino pasamos frente al mítico Oravsy Hrad, donde se rodó la película de Nosferatu. Saqué fotos, pero ya estaba envuelto en la penumbra misteriosa, y mis fotos quedaron también tétricamente oscuras.
Esa noche compartimos una sabrosa cena eslovaca con nuestras compañeras e hicimos nuestra primera incursión en la ciudad, con bar típico de lugareños de la Eslovaquia profunda incluido.
Al día siguiente fuimos en coche a visitar los pueblos de alrededor, y recuerdo muy bien el paisaje bucólico con los campos que estallaban en verde repletos de montones de paja en forma vertical, que parecían un ejército de espantapájaros en borrador, aún sin formar.
De esa zona pasamos con el coche a visitar los pueblos del sur de Polonia. Comenzamos por Chocholow, un precioso pueblo formado por casas de madera, que parece creado por la imaginación de un niño. De ahí fuimos a Zakopané, más turístico y comercial, donde comimos creo que una de las carnes más deliciosas que he probado en mi vida. Nos dimos una vuelta también por el mercadillo típico, donde estuve a punto de comprarme unas zapatillas para casa con borreguito por dentro.
Uno de los puntos turísticos de Zakopané es, sorpresa, el cementerio. Me impresionó el desfile de verdaderas obras de arte en forma de tumbas que vi. Parecía que cada una intentara superar a la anterior en técnica u originalidad. Si existe realmente un monumento que represente el cariño hacia los que ya no están entre nosotros, estas tumbas eran un claro ejemplo.
De vuelta a Eslovaquia, tuvimos un pequeño problemilla en la aduana, ya que yo llevaba el DNI eslovaco y el español, pero mira tú por donde que se me había olvidado el pasaporte. Solucionado el incidente, regresamos a Trstená con la cámara de fotos repleta de buenos momentos.
Y por fin otra vez al tren, a ese silencioso amigo que nos ha acompañado en nuestros viajes por el país.
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