La he visto mientras paseaba por Madrid. Era una de esas calles estallantes de ruido y gente, en plena hora punta de coches y prisas. Todos corriendo, estresados, con nuestra mirada egoista solo preocupada de nuestra contrarreloj diaria.
Todos corriendo y ella sentada en el suelo, inmóvil, con la mirada quieta mirando a ningún lugar. Era una anciana de nariz rojiza, y esperaba. Esperaba una ayuda, por algo, por alguien, por ella misma quizá. Desde abajo, sus ojos apenas nos llegaban a nuestras rodillas de contrarrelojistas.
En nuestra carrera, cualquiera podía haberla derribado como un castillo de cartas. Muchas veces, cuando estamos quietos y callados, nuestro silencio puede hacer que nos volvamos invisibles para los demás, como esa anciana para nosotros. Podemos tropezar con ella, y salir de la estúpida carrera.
La he visto mientras paseaba, y en esos tres segundos he sentido lo invisible, frágil, vulnerable que era. Como un cristal que no vemos, pero que es fácil de romper.
Muchos cristales, demasiados vulnerables en las calles. Y nosotros corriendo.
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