
El martes volvimos del viaje a Košice y Budapest con la maleta llena de fotos y buenos momentos. Uno de los que más me impactaron fue divisar Kosice desde la altura privilegiada del campanario de la catedral de Santa Isabel. Era ésa una de las pocas imágenes que me faltaba, la de la red de calles lejanas, punteadas por personas y, de repente, entre todos, la sorpresa del punto luminoso del vestido de una novia. Me quedaba por ver el mapa de conjunto, ser un gato por encima de los tejados de la ciudad.
Los edificios de colores pastel se ordenaban como casitas del Monopoly, dando la sensación de que en un momento, una misma, desde el poder de espejismo que daba la situación privilegiada, podría desbaratarlo todo, reiventar una cuidad nueva.
Todo eran piezas de puzzle estratégicamente colocadas. Incluso a lo lejos sobresalía el campanario de la iglesia cercana a la casa donde yo vivía, coronando la cuesta de Kalvaria.
Desde allí descubrí de cerca la curiosa gárgola con forma de mujer que el constructor de la catedral inmortalizó para siempre como venganza por la maldad de su propia mujer. Contradiciendo a la leyenda, mi compañero Milan duda mucho de estos hechos, pues según dice muy bien, no hay en este mundo mujer mala. 
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