
Sucedió en el Museo Técnico de Kosice (muy recomendable, por cierto), cuando apenas llevaba dos o tres semanas en la ciudad. Mi vocabulario era aún muy básico, de supervivencia digamos: nie, ano, dobre, pivo, d´akujem y poco más. Sin embargo, mira tú por donde que allí encontré una encantadora hada madrina para iniciarme en el hechizo del eslovaco.
El edificio del Museo Técnico es imponente, una verdadera joya del patrinomio histórico de la ciudad. En la visita me acompañaba Dani, y nada más entrar se nos planteó la primera duda: ¿por dónde comenzar? Y aquí es donde hizo aparición mi hada madrina, una señora mayor muy simpática que nos indicó “hore, hore”, que significa “arriba”. Genial, ésa fue la única palabra que le entendí, pero fue clave, suficiente para orientar a dos španielky despistados.
Y así, comenzando por la planta de arriba, nos zambullimos de lleno en un mundo de hierro, metal e ingenios “ingenieriles”, desde las herramientas domésticas antiguas hasta el funcionamiento de centrales metalúrgicas, pasando por una exposición temporal dedicada al desarrollo de la aviación checoslovaca en la 2ª Guerra Mundial.
Se me ha olvidado decir que la viejita hada madrina se había emocionado tanto en nuestro primer diálogo, cuando le entendí simplemente “hore”, que en cada sala me fue soltando unos “speeches” que ríete tú de Fidel. Me explicó el tema de cada sala del museo con pelos y señales, como si yo fuera oriunda del centro de Bratislava y me apellidase Gonzalesky.
El proceso de curso intensivo de eslovaco que viví fue el siguiente:
Ella me explicaba, y yo asintiendo y poniendo cara de “el eslovaco no tiene secretos para mí, señora”. Dani al lado necesitando imperiosamente una traducción. La señora soltaba su perorata y desaparecía. ¡Dovi pani hada madrina! Y aquí entonces entraba en juego la imaginación y los milagros que hace a veces. Yo juntaba las tres palabras de las que me había enterado y cosía con hilo fino un discurso coherente para Dani, como si gracias a CCC y la señora me hubiera convertido en filóloga eslovaca. Y sonaba creíble y todo.
Ésta fue mi primera inmersión de lleno, sin flotador ni manguitos ni nada, en el šlovensky. Guardo buen recuerdo de la señora madrina y su simpatía.
Qué misterio tiene eso de aprender la lengua escuchando, viviéndola a diario, cuando las palabras en incógnita van quitándose sus velos. Se nos van encendiendo las luces de las ideas más hermosas, y todo nos parece “krasne”. Mágicamente llegamos a entender lo que estaba oscuro, aunque muchas veces haya sido con la ayuda inestimable de “hados” y hadas madrinas.
Plantilla basada en http://blogtemplates.noipo.org/