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El martes volvimos del viaje a Košice y Budapest con la maleta llena de fotos y buenos momentos. Uno de los que más me impactaron fue divisar Kosice desde la altura privilegiada del campanario de la catedral de Santa Isabel. Era ésa una de las pocas imágenes que me faltaba, la de la red de calles lejanas, punteadas por personas y, de repente, entre todos, la sorpresa del punto luminoso del vestido de una novia. Me quedaba por ver el mapa de conjunto, ser un gato por encima de los tejados de la ciudad.
Los edificios de colores pastel se ordenaban como casitas del Monopoly, dando la sensación de que en un momento, una misma, desde el poder de espejismo que daba la situación privilegiada, podría desbaratarlo todo, reiventar una cuidad nueva.
Todo eran piezas de puzzle estratégicamente colocadas. Incluso a lo lejos sobresalía el campanario de la iglesia cercana a la casa donde yo vivía, coronando la cuesta de Kalvaria.
Desde allí descubrí de cerca la curiosa gárgola con forma de mujer que el constructor de la catedral inmortalizó para siempre como venganza por la maldad de su propia mujer. Contradiciendo a la leyenda, mi compañero Milan duda mucho de estos hechos, pues según dice muy bien, no hay en este mundo mujer mala. 

Sucedió en el Museo Técnico de Kosice (muy recomendable, por cierto), cuando apenas llevaba dos o tres semanas en la ciudad. Mi vocabulario era aún muy básico, de supervivencia digamos: nie, ano, dobre, pivo, d´akujem y poco más. Sin embargo, mira tú por donde que allí encontré una encantadora hada madrina para iniciarme en el hechizo del eslovaco.
El edificio del Museo Técnico es imponente, una verdadera joya del patrinomio histórico de la ciudad. En la visita me acompañaba Dani, y nada más entrar se nos planteó la primera duda: ¿por dónde comenzar? Y aquí es donde hizo aparición mi hada madrina, una señora mayor muy simpática que nos indicó “hore, hore”, que significa “arriba”. Genial, ésa fue la única palabra que le entendí, pero fue clave, suficiente para orientar a dos španielky despistados.
Y así, comenzando por la planta de arriba, nos zambullimos de lleno en un mundo de hierro, metal e ingenios “ingenieriles”, desde las herramientas domésticas antiguas hasta el funcionamiento de centrales metalúrgicas, pasando por una exposición temporal dedicada al desarrollo de la aviación checoslovaca en la 2ª Guerra Mundial.
Se me ha olvidado decir que la viejita hada madrina se había emocionado tanto en nuestro primer diálogo, cuando le entendí simplemente “hore”, que en cada sala me fue soltando unos “speeches” que ríete tú de Fidel. Me explicó el tema de cada sala del museo con pelos y señales, como si yo fuera oriunda del centro de Bratislava y me apellidase Gonzalesky.
El proceso de curso intensivo de eslovaco que viví fue el siguiente:
Ella me explicaba, y yo asintiendo y poniendo cara de “el eslovaco no tiene secretos para mí, señora”. Dani al lado necesitando imperiosamente una traducción. La señora soltaba su perorata y desaparecía. ¡Dovi pani hada madrina! Y aquí entonces entraba en juego la imaginación y los milagros que hace a veces. Yo juntaba las tres palabras de las que me había enterado y cosía con hilo fino un discurso coherente para Dani, como si gracias a CCC y la señora me hubiera convertido en filóloga eslovaca. Y sonaba creíble y todo.
Ésta fue mi primera inmersión de lleno, sin flotador ni manguitos ni nada, en el šlovensky. Guardo buen recuerdo de la señora madrina y su simpatía.
Qué misterio tiene eso de aprender la lengua escuchando, viviéndola a diario, cuando las palabras en incógnita van quitándose sus velos. Se nos van encendiendo las luces de las ideas más hermosas, y todo nos parece “krasne”. Mágicamente llegamos a entender lo que estaba oscuro, aunque muchas veces haya sido con la ayuda inestimable de “hados” y hadas madrinas.
Hermano, tú que tienes la luz, dime la mía.
Soy como un ciego. Voy sin rumbo y ando a tientas.
Voy bajo tempestades y tormentas
ciego de sueño y loco de armonía.
Ése es mi mal. Soñar. La poesía
es la camisa férrea de mil puntas cruentas
que llevo sobre el alma. Las espinas sangrientas
dejan caer las gotas de mi melancolía.
Y así voy, ciego y loco, por este mundo amargo;
a veces me parece que el camino es muy largo,
y a veces que es muy corto...
Y en este titubeo de aliento y agonía,
cargo lleno de penas lo que apenas soporto.
¿No oyes caer las gotas de mi melancolía?
RUBÉN DARÍO
Una canción de Naiara:
Justo en el momento en que empezaba
a encontrar oscuridad hasta en el sol de mi ciudad.
Justo en el momento en que la resignación
consumía cada día mi ilusión.
Apareces tú y me das la mano
y sin mirarme te acercas a mi lado.
Y despacito me dices susurrando que escuche tu voz.
Adelante por los sueños que aún nos quedan
adelante por aquellos que están por venir.
Adelante porque no importa la meta
el destino es la promesa de seguir...
Adelante.
Si alguna vez se nos ocurriera, en pleno delirio de frikismo idiomático, elegir cuál fue la frase de nuestro viaje en el puente de mayo por Eslovaquia, creo que se llevaría la palma: "Én kicsit magyarul beszélek" ("Yo hablo un poquito de húngaro"). En efecto, tal frasecilla dicha en el momento y lugar adecuado, producía semejante cambio en nuestros interlocutores húngaros que la tranformación de Mr Hyde se quedaba en simple alteración neuronal pasajera. Lo comprobamos varias veces, por ejemplo ante los severos revisores del metro de Budapest (que van a saco a pillar in fraganti a los pobres turistas). Sacábamos de nuestros bolsillos nuestro billete doblado y redoblado, y tras enseñarlo Dani decía la frase mágicamente escogida, la melodía celestial para los oídos "Én kicsit magyarul beszélek".
Y entonces ya no éramos simples turistas, limpiábamos el rigor del revisor con nuestras palabrillas que actuaban mejor que el Tenn bioalcohol. Aparecía la sonrisa de oreja a oreja en las caras, y enseguida se lanzaban a la verborrea de preguntas: ¿De dónde sois? ¿Estais estudiando aquí? ¿Se estudia húngaro en España?
Para cualquiera es un honor oír chapurrear el idioma de su tierra, aunque sea torpemente, mucho más si el idioma de tus padres no es el onmipotente inglés. Es un intento de entender su realidad, de respetarlos un poco más, de unir el puzzle de las palabras para comunicarse. No importa que sea difícil, es un acercamiento a ellos. Por ejemplo, hay una palabra preciosa en húngaro, mi favorita: "Színház", que significa "teatro". Literalmente significa "casa de colores". Me pareció tan bonito que no se me olvidará.
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