Después de abandonar el Oravsky Hrád, nos despedimos momentáneamente de Eslovaquia. Hacia el norte nos esperaba Polonia, y dos visitas más del Slovensko Tour 2005. Polonia es una bella vecina de Eslovaquia que nos ofreció una moneda con la que jugar, una moneda con una cara luminosa y otra sombría: Cracovia fue la cara luminosa, y Auswich-Birkenau la sombría.
Comenzamos por la cara sombría de Auswich. De camino al recinto que en un día fue campo de concentración, intentaba rebuscar una sensación, imaginarme el horror. Los minutos pasaron intentando buscar color a la tristeza, y al llegar me encontré con un lugar aparentemente aséptico, callado, aun respetuoso. Está rodeado de árboles y un pequeño parque con bancos. A unos metros hay algún restaurante y una tienda de libros, dejando una distancia prudencial. Así, el primer color que me vino a la mente es el del respeto silencioso.
Mientras pensaba aquello de “el hombre es un lobo para el hombre”, me fije en el cartel que se conserva a la entrada. Parece que nos hablara con su lema de “el trabajo hace libres”. Y al franquearlo, me asaltaban imágenes difusas de caras y pies de niebla.
Anduve por una calle, vi un patíbulo y una o dos salas. Todo eso fue lo que vi con los ojos. Volví con Dani al coche que habíamos dejado aparcado cerca del restaurante. Y esperé a que llegaran los demás.
Me superó el lugar, la sensación aplastante de tristeza. Y el silencio.
Lo que sé que hay dentro de los barracones de Auswich me lo han contado o lo he leído después. Fue muchísimo más lo que sentí de lo que llegué a ver. Con todo, es una de esas visitas que deberían hacerse, por lo menos para mostrar episodios que no deberían repetirse jamás.
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