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Durante los meses que pasé en Eslovaquia, Hungría fue uno de los países vecinos que tuve la oportunidad de visitar. En los pocos días que estuve en Budapest apenas pude balbucear un “buenos días” (“jo napot kivánok”) mal pronunciado, pero me entró la curiosidad por conocer un poco mejor esta lengua. Me apasiona el estudio de idiomas, por deformación profesional seguramente, y quería desentrañar un poco el misterio. Por suerte, el año pasado lo pude estudiar un poco en la Escuela de Idiomas de Madrid.
Recojo aquí algunos apuntes breves con las características generales del húngaro, así como un enlace a un curso gratuito, para que pueda servir a los que tengan curiosidad por esta lengua.
“Magyarul” es el nombre que le dan los húngaros a su idioma oficial, clasificado dentro de la familia de lenguas fino-ugrias.
Es el idioma oficial de Hungría y de algunas zonas de Eslovaquia, Austria, Rumania, Eslovenia, etc. Es además oficial en la U. Europea desde el ingreso de Hungría en 2004. Hoy en día cuenta con unos 14,5 millones de hablantes, de los que 10 millones viven en Hungría.
Al contrario que el francés o el español, el húngaro es un idioma de tipo aglutinante, es decir, que se forma por sufijos en lugar de artículos y preposiciones. Por ejemplo, para el equivalente a la preposición “en”, al hablar de un lugar cerrado, tenemos el sufijo –ban. Así: “hazban” significa “en la casa”, “dentro de la casa”.
Si queréis saber algo más consultad en Wikipedia.
Aparte de esto en Internet se pueden encontrar algunos cursos básicos para el que quiera aprender un poco más. Dicen que se trata de un idioma difícil, aunque a mí no me parece que sea para tanto.

Tras visitar Viena llegamos a Bratislava, la capital eslovaca. Era nuestra segunda etapa en el Slovensko Tour. Esta ciudad tiene unos 440.000 habitantes, y en comparación con los gigantes de Viena o Budapest es pequeña y modesta, aunque con un encanto que embruja en cada terraza. En la época en la que fuimos (principios de julio) se notaba la chispa de vida que los turistas encendían en cada rincón. Lo primero que hicimos fue alojarnos en un hotel muy colorista y de fachada francamente original que me habían recomendado. Fue un hotel de cuyo nombre no quiero acordarme, ya que el servicio y la atención fueron pésimos. No se lo recomendaría ni a mi peor enemigo. Tras ponerle varias caras de perro a la pava de la recepción, por fin conseguimos dejar el equipaje en la habitación, y salimos a visitar la ciudad.
Comenzamos recorriendo las calles del casco histórico. En el centro de Bratislava ponen en verano un mercadillo de productos típicos con artesanías preciosas, como de cuento. Recuerdo sobre todo unos vasos hechos con fino cristal de colores, pintados a mano, y unos encajes bordados con letras y flores, tejidos con mano de princesa.
A lo largo de la ciudad nos topamos con algunas estatuas, como por ejemplo en el centro, donde en un banco se apoya orgulloso un Napoleón con un sombrero demasiado grande, o con una cabeza demasiado pequeña para el sombrero, según como se mire. Mi estatua preferida se llama creo "Cumil" (la de la foto) y representa a un soldado cuya narizota asoma simpática por una alcantarilla.
Comimos en una cervecería que me gustaba de otras veces. Recuerdo esa cervecería como la del monje barrigudo, por el simpático cartel de un monje cervecero que nos daba la bienvenida, pero su verdadero nombre era "Malí Frantikáni", es decir, "el pequeño franciscano". Allí hice algunas prácticas de lectura de menús en eslovaco, que al final terminó siendo mi especialidad. El "monje barrigudo" un sitio muy recomendable donde se puede tomar comida típica eslovaca, pizzas, carnes sabrosas... y beber excelente pivo. ¡Qué recuerdos! A modo de curiosidad, alguno de los viajeros que me acompañaban dijo que el camarero que nos atendió se parecía a cierto Rocco Sifreddi.
Entre otros monumentos emblemáticos, también visitamos al Castillo de Bratislava, el símbolo más importante de la ciudad. El paseo de subida hasta allí merece la pena, así como la vista desde arriba, si bien el castillo en sí no me pareció nada bonito.
Ya por la noche nos acercamos a una cervecería para tomar una pivo y cenar algo. Fuimos al Slovak Pub, donde tomamos una cerveza especial y bastante barata que hacen para estudiantes. También pudimos probar los pirohy, que es uno de mis platos favoritos de la cocina eslovaca. El Slovak Pub es un punto de encuentro magnífico para ir con el grupo de amigos, donde nos da la bienvenida una extensa colección de pinturas que representan los personajes míticos de la historia eslovaca. La comida y la bebida son buenas, y sólo nos falta una cota de malla y unas cuantas flechas para sentirnos verdaderos héroes de leyenda.
La visita incluyó un garbeo por el mítico y algo demoníaco Aligator, pero era lunes y desgraciadamente ese día estaba cerrado. Queda pendiente para un próximo Slovensko Tour, a ver si lo organizamos.
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