
Fue un flechazo desde el principio, y cuando lo conocí no me decepcionó en absoluto. Lo confieso: aún sigo enamorada de su porte majestuoso. Antes de ir a Eslovaquia he había comprado una guía del país, más que nada para ir rellenando todos esos espacios negros que me abrumaban: ¿cómo era la gente?, ¿cómo eran los paisajes?... Las fotografías me iban hablando de lugares que podrían conocer mis pies y mis ojos, y mi cabeza se iba poblando de colores y formas de 3000 km. más allá. Me entretenía distraída entre página y página... cuando de repente me llamó desde una foto, y caí rendida como de un sablazo.
Era hermoso y fuerte. Era como un rebelde de corazón valiente que luchaba por salir a la superficie entre un mar verde y blando. Me lo imaginaba desafiando a los rayos con su espada, desde su trono antiguo de niebla (banda sonora de Braveheart de fondo ;-)
Y esperé pacientemente el día en que por fin lo vería. Seguro que subiría hasta él con la mirada hinchada de admiración y amor, y los siglos nos unirían a pesar del tiempo.
Así, tontamente, quedé prendada del Spišský hrad, uno de los castillos legendarios de Eslovaquia, Patrimonio de la UNESCO. Me había llamado la atención desde la primera vez que lo vi, y en el Slovensko Tour por fin lo pudimos visitar.
Habíamos comido unos palancinky deliciosos en el pueblo de Levoca. Le pedimos audiencia, y accedió a recibirnos aquella tarde.
Nos recibió orgulloso sentado en su monte, y para alcanzar sus paredes debimos subir una pronunciada cuesta entre los prados eternos de hierba. La subida era larga, pero se hacía agradable ir viendo cómo nuestras pisadas nos acercaban a esta joya gris y antigua. Mereció la pena, por la sensación que se respiraba allá arriba, de paz. Pese a sus grietas y heridas por los avatares del tiempo, el castillo respira poder y resistencia. Tras despedirme de él, pedí un deseo: “ojalá algún día pueda volver a visitar a mi amado”.
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