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Son días presumidos que destacan entre los días monótonos. Dejan atrás el gris pasado de moda y se visten de colores vivos. Son días especiales y como lo saben sonríen. Y ayer fue un día especial en el que recibí una noticia preciosa. ¡Qué mejor manera de animar mi blog lánguido que con un saludo de futuro!
Felicidades futuros papás. Un fuerte abrazo :-)
Un caramelo sin azúcar para sobrellevar el miércoles:
"Eran hermanas, pero muy diferentes. Con los años se pelearon y juraron olvidarse las unas de las otras. Pero quedaron mudas.
Terminaron entrando en razón y fueron subiendo una a una a la escala. Unidas eran más fuertes. La clave de Sol las saludo, y nació la Música."

Siempre me han intrigado las cuevas, esas entrañas huecas que la tierra deja para respirar mejor. Son pulmones negros, lugares de silencio y secreto. Son la cuna del eco. Y se niegan a que el hombre termine de descifrarlas. En nuestro afán por catalogar y decodificar todo, las cuevas aún se resisten y se retuercen tercas. Es verdad que muchas sucumben al colmillo del turismo, pero todas nos engañan. En realidad, por mucho que excavemos, quedará siempre una parte de la cueva sin suciedad ni pisadas, y será una parte desconocida y de incógnito.
Y ese mismo desconocimiento me ataca con dos sentimientos que chocan: el primogénito miedo a la oscuridad y la benjamina curiosidad por dar un paso más.
Durante mi estancia en Eslovaquia, la curiosidad pudo más y tuve la oportunidad de sumergirme en el eco inmenso de Dobšinská Ladová Jaskyňa (cueva helada de Dobšinská). Tras pasar unos días en Polonia, el Slovensko Tour nos devolvía de nuevo a tierras eslovacas, concretamente a esta cueva mítica situada en el llamado “paraíso eslovaco” cercano a los Tatras.
El país es rico en contrastes naturales, en caprichosos precipicios y en cavernas horadadas por los siglos.
En esta ocasión, íbamos a congelar nuestro tiempo dentro de un témpano silencioso donde los relojes eran inútiles, y la ropa de abrigo, muy útil.
Dentro de la cueva helada los relojes eran tan inútiles que no recuerdo si estuvimos allí minutos u horas. Todo estaba detenido. Todo era una fotografía blanca, y yo, una simple mancha que rompía el silencio con su chándal rojo y negro. Si en algún tiempo lejano esta cueva fue habitada por una civilización perdida, seguro que su soberano era pálido y mudo, apenas un susurro que no llegaba a herir el hielo. Y seguro que caminaba descalzo, con pies inmunes al frío, para que la cueva no despertara de su hibernación.
Al salir retomamos el calor, y todo volvió a ponerse en movimiento. Y mi reloj volvió a funcionar con su tic-tac. De nuevo estábamos en el tiovivo del Slovensko Tour, andando camino de otros tesoros para los sentidos, camino del Spissky Hrad.

Fue un flechazo desde el principio, y cuando lo conocí no me decepcionó en absoluto. Lo confieso: aún sigo enamorada de su porte majestuoso. Antes de ir a Eslovaquia he había comprado una guía del país, más que nada para ir rellenando todos esos espacios negros que me abrumaban: ¿cómo era la gente?, ¿cómo eran los paisajes?... Las fotografías me iban hablando de lugares que podrían conocer mis pies y mis ojos, y mi cabeza se iba poblando de colores y formas de 3000 km. más allá. Me entretenía distraída entre página y página... cuando de repente me llamó desde una foto, y caí rendida como de un sablazo.
Era hermoso y fuerte. Era como un rebelde de corazón valiente que luchaba por salir a la superficie entre un mar verde y blando. Me lo imaginaba desafiando a los rayos con su espada, desde su trono antiguo de niebla (banda sonora de Braveheart de fondo ;-)
Y esperé pacientemente el día en que por fin lo vería. Seguro que subiría hasta él con la mirada hinchada de admiración y amor, y los siglos nos unirían a pesar del tiempo.
Así, tontamente, quedé prendada del Spišský hrad, uno de los castillos legendarios de Eslovaquia, Patrimonio de la UNESCO. Me había llamado la atención desde la primera vez que lo vi, y en el Slovensko Tour por fin lo pudimos visitar.
Habíamos comido unos palancinky deliciosos en el pueblo de Levoca. Le pedimos audiencia, y accedió a recibirnos aquella tarde.
Nos recibió orgulloso sentado en su monte, y para alcanzar sus paredes debimos subir una pronunciada cuesta entre los prados eternos de hierba. La subida era larga, pero se hacía agradable ir viendo cómo nuestras pisadas nos acercaban a esta joya gris y antigua. Mereció la pena, por la sensación que se respiraba allá arriba, de paz. Pese a sus grietas y heridas por los avatares del tiempo, el castillo respira poder y resistencia. Tras despedirme de él, pedí un deseo: “ojalá algún día pueda volver a visitar a mi amado”.
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