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Abrió los ojos y encontró una isla paradisíaca. Enseguida descubrió que no estaba sólo: el vuelo 815 se había estrellado y los supervivientes vagaban desorientados.
Pero no era el sitio ideal para unas vacaciones. Terminó cansándose del caos: humos negros, osos polares, escotillas escondidas...
-Me voy de aquí. Están locos estos Perdidos. Sayonara- pensó Hiro.
Soy gramática, pero tú eres agramatical. Es inútil tratar de medirte, investigarte, explicarte. Eres agua entre mis manos. Eterno rebelde, te alzas en armas. Huyes de las reglas, pisoteas la caligrafía y sus cadenas.
Quiero abrazarte, pero no puedo abarcarte.
¡Amor disléxico! Déjame diseccionarte.
Sólo así podré escribir tus letras.
A la sombra del día, moría. Con su botella se extinguían los ecos, despertaban los cuervos. Amargaba el puñal de cuarenta años de visiones. En la noche de fiebre, se ahogó. Su corazón nunca delató su sentencia: que aquel gato negro estaba condenado a maullar por la leyenda. Pues Edgar era culpable de inmortalidad.
Envidiaba a aquella desconocida. Era perfecta. Sin canas ni arrugas. La diosa Cirugía había borrado las taras de su cuerpo. Ya no tenía huellas de dolor ni alegría.
Era un robot que reía.
Deseó ser como ella. Perfecta.
Hasta que una voz la despertó:
-Mamá, ¿qué haces hablando sola con el espejo?
ROJO y AZUL
Boca arriba en el Everest, el superhéroe rascaba el cielo con el pulgar, pero agonizaba de cobardía. Estaba acostumbrado a salvar el mundo, pero salvarse a sí mismo era aún una incógnita.
Podía oír gritos a mil kilómetros, hermanarse con las águilas, despertar en Yakarta y desayunar en Chicago…
Todo era una ecuación de primer grado: el tiempo transparente, el espacio desnudo de secretos…
Pero su omnipotencia le asqueaba. Su corazón sobrehumano imploró por salvarse. La energía brotó de sus mallas rojas y azules. Y le habló de liberación. Se desharía de la máscara estranguladora.
Encontraría fuerza para enfrentarse a su destino y rechazar aquel matrimonio con Lois, una periodiquera contestona que nunca le gustó. Después, se aseguraría de que su madre estuviera sentada, y le confesaría que él, Kar-El, se moría de celos por aquel murciélago estúpido llamado Batman porque era Robin quien le hacía palpitar.
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